
Está bien. Lo admito. El beso con "Oscar Gayoso fue planeado". Fue una simple jugarreta para cambiar radicalmente de tema en una conversación que ya estaba volviéndose un poquitín monotemática. Me parece que el objetivo se cumplió. Por un lado: les dimos de papear de nuevo a los chichitas matacabros y, por el otro, desplazamos otros titulares igualmente intrascendentes para estacionar aparatosamente el poto en el pomposo pero efímero trono de la noticia más leída del día de El Comercio con más de cien mil visitas de weberos que expresaron, horrorizados, su repulsa moral después de haberse refocilado, con canchita, en el videíto del escándalo. Pero, al final del día, ustedes se preguntarán: ¿quién presionó?, ¿quién dijo “o él o yo”?, ¿quién arrugó?, ¿quién renunció? Y sobre todo: ¿será cierto que esta guerra terminó?
Dice Christian Rivero, el modelo que da vida a la loquita de los Góme$, que mi besito fue “innecesario y fuera de lugar” según lo que sus causas le contaron, claro, porque él confiesa que no lo vio. Yo que sí lo he visto a él ajustar innecesariamente los labios antes de rozarlos con los de Diego puedo, en cambio, colaborar con mi modesta experiencia a hacer creíble su cabrez imaginaria: el problema con la parejita que componen, chicos pericos, es que, más que novios, parecen dos pasivos. Y los pasivos nunca se emparejan porque se aburrirían... mal. Pregunta de Baldor: ¿qué resulta de la sumatoria de pan + pan? Respuesta: un budín. Y, mientras tanto, en Ciudad Gótica, el apolíneo efebo heterosexual Carlos Carlín –de quien he pirateado la frase del título– ha sentenciado que mi beso fue chocante no por gay sino por feo, y vaya que yo le creo. Si alguien puede dar fe de que fue desagradable, créanme, soy yo. Yo que fui el que tuvo que paladear semejante sobredosis de fluidos no deseados. Si hubiera podido elegir, yo también paso. Pero la chamba es la chamba y, si aquello no salía con mordida de jeta y devoramiento de amígdala, ustedes hubieran seguido hablando de lo que estaban hablando hasta el día de hoy. Nobody said it was easy.
Jaime renunció a Canal 2 el miércoles 17, exactamente una semana después de que 'El Chino’ y yo leyéramos al aire extractos de la tan mentada opus magna y solo unas 12 horas después de habernos llamado ladrones, asaltantes, viles, canallas, saqueadores, y de haber advertido, en el enaltecedor show de la tía Rossy que, de llegar a la Presidencia, usaría la Sunat para perseguir al dueño del canal de televisión en el que –por culpa nuestra– ya no se sentía cómodo trabajando. Se refería, claro, a Baruch Ivcher, quien, ese día, era también el dueño del santo pues cumplía 70 años en medio de una celebración que, como es obvio, estaba ya arruinada de antemano. Más que amenaza, tamaño anuncio pareció una variante de aquel chiste de Heduardo en que un locutor informaba que un iracundo presidente Bayly confiscaba Frecuencia Latina y me deportaba. Lo que no sonaba, en absoluto, a chiste era su renuncia airada que, aunque ya rodaba por los pasillos como una bola enorme y entusiasta, nadie podía confirmar con plena certeza. Todos creían que ya se había cambiado de camiseta, que su presencia en las pantallas de América no era, para nada, casual, pero los más escépticos decían que, por muy de moda que estuviera, el 4 jam ás se iba a jalar a tan acerbo crítico de Alan García, que en las actuales circunstancias de zozobra no le convenía. También dudaban de que Jaime estuviera dispuesto a pagar la obesa penalidad que le correspondía si ponía fin, unilateralmente, a su contrato. Y en las redacciones circulaba la especie de que esa noche yo leería un correo electrónico prohibido. Pero de chismes, cálculos y especulaciones no pasábamos. El hermetismo, por supuesto, era total.
Recién a eso de las cinco de la tarde del jueves 18, tras una extenuante maratón de reuniones, comités y conciliábulos, me enteraría por fin de todo. A esa hora me escapé del canal con Jéssica, mi productora ejecutiva, para almorzar algo veloz, la sublime ensalada César con ajo tostado de La Bombonniere. Y ya estábamos en el postre cuando –oh, coincidencia– hizo su aparición triunfal la inconfundible figura del abogado Enrique Ghersi, a quien nunca me he animado a preguntarle –lo hago ahora– cómo es verdad que fue él quien, con sus conocidas dotes de persuasión, consiguió que 'Popy’ Olivera y Alvarito Vargas Llosa lograran salvarse de integrar el controvertido elenco de personajes de No se lo digas a nadie. Enrique parecía estar sosteniendo una discusión crucial por el celular, iba y venía, gesticulando, poniendo énfasis en unos argumentos seguramente convincentes que yo, desde mi mesa, no alcanzaba a oír. Cuando hubo terminado de hablar, entró a la terraza del restaurant con una gran sonrisa, preguntándose cuánto no me estaría divirtiendo con todo esto. Nos reímos un poco. Me agradeció el haber sido el único que salió ileso del Pandemonio anterior. Le pregunté si estaba esperando encontrarse con alguien y me respondió que sí. ¿Prefieres que me vaya? –le pregunté–. No es necesario –me dijo–, voy a sentarme adentro, en el salón. La persona que me ha citado aquí no es la que tú piensas. De todos modos, me cambié a la última mesa del fondo, por las dudas. Y al poco rato llegó –surprise!– debutando en su novísimo rol de canciller Tudela, de espontáneo mediador en este conflicto, de voluntario de los cascos azules, Nicolás Lúcar, mi mentor, aquel Arbolito. Me sorprendí de que el emisario no fuera alguno de los no pocos gerentes, como siempre se estila. Ghersi y Lúcar se largaron a charlar por dos o tres horas, como los buenos y viejos amigos que son, y yo me tuve que conformar con tratar, en vano, de descifrar, sus habituales aspavientos tras la vidriera. Para terminar de borrar los ligeros sinsabores de ese día, me pedí un brownie caliente con helado de vainilla.
Creo que Jaime renunció porque su exacerbada susceptibilidad le hizo sentir que no le jugaban limpio, que lo traicionaban, que la casa se le había vuelto hostil, que ya no podía volver a confiar nunca más en nadie en Jesús María. Creo poder adivinar qué fue lo que ocurrió en realidad: que la libertad de expresión es fantástica cuando uno la emplea a su antojo para juzgar al resto, pero es una mierda cuando es otro el que la usa en contra de uno. Y nunca antes ningún igualado se había atrevido a pecharlo. Tengo la impresión de que el candidato Bayly está convencido de que yo lo bato, critico, contradigo o mortifico a pedido de Baruch, que él quiere impedir, a toda costa, que gane la elección. Y ni qué decirles de los no menos ilustrados coleguitas de la prensa rosa. Casi unánimemente asumen que todo lo que se dice y todo lo que se calla es por orden directa y expresa –por memo, dicen, por memo– del dueño del canal. Tal suposición, por cierto, no me resulta precisamente halagadora pues parte de la premisa de que soy un periodista adocenado y obsecuente, por no decir un cobarde, sobón, rastrero y pobre diablo. No perderé espacio defendiéndome de tales acusaciones pues, si fueran justas, no estaría aquí escribiendo esta detallada crónica para que ustedes puedan tener la película completa. Malacostumbrados como están a que la bravata prepotente, el engreimiento y la soberbia cojuda prevalezcan siempre en la pantalla, los diarios de ayer han hablado de “agachada de cabeza” y “tragada de sapo” al referirse al solitario y probablemente insólito llamado a la serenidad que le hice a Jaime en mi programa, la madrugada del viernes 19, con ocasión de su cumpleaños. (El mío –just in case– es el domingo que viene). “Lo obligaron” –han concluido–. “Seguro que le dijeron: o te disculpas o te cerramos el quiosco”. Bah. Nuevamente gracias por subestimarnos, compañeros poetas. Pero en esta vida hay muchísimos más matices que el blanco y el negro que caracteriza a las mentalidades de esclavo.
¿Quieren saber cuáles eran las demandas de Bayly?, ¿sus condiciones para volver? Se las cuento, sin roche. Eran solo dos: 1) Que le pida(mos) disculpas a él. Y 2) Que le pida(mos) disculpas a su amiga íntima, la famosa escritora precoz. Pero alrededor de esa solicitud aparentemente simple y puntual, la atmósfera se iba caldeando y el escenario bélico se iba volviendo cada vez más turbio y complicado, se iban definiendo dos bandos tan nítidamente identificables como el Alianza y la 'U’: empezaban los cierrapuertas, las intrigas, las desconfianzas, los conatos de motín, las tiradas de dedo, el lleva y trae, las miradas de soslayo, las sonrisitas hipócritas, esas temibles sonrisitas hipócritas que son siempre peores que el más podrido escupitajo. Y lo cierto es que ese ambientito por nosotros generado es algo que, al final de cuentas, no nos tenemos que bancar ni Jaime ni yo, que somos conductores de programas y apenas si vamos al canal unas cuántas horitas y no nos tenemos que pasar allí las tres cuartas partes de nuestras vidas. Sé cuánto le ha de molestar a Jaime que toda esta historia se haya planteado como una guerrita, de igual a igual, entre él y yo, porque él debe de pensar que me sube los bonos o me dignifica o me eleva, sin ir más lejos, hasta la mismísima portada de El Otorongo. Jaime considera que mi cuchillo no corta y el suyo sí corta. Okey. Que él la tiene muchísimo más larga, más gruesa y más cabezona. Seguramente. Y si es así, que Dios se la guarde y se la bendiga. Ni me sentí victorioso cuando Jaime renunció porque esa no era la idea, ni me sentí derrotado cuando le dije que le extendía una rama de olivo y que, si en este conflicto alguien tenía que ceder, cedía yo. Lo volvería a hacer sin titubear. Sin importar lo que opine o deje de opinar el cojudaje. ¿Es menester acaso ser siempre el bombardero loco, el demonio de Tasmania, el estafilococo de todas las infecciones? ¿Por qué, ah? De vez en cuando también puede ser chévere hacerle caso a Don Francisco (de Asís) y permitirse el lujo de un gesto amable y poner una cuota de calma donde la agresión campea. Hay una delgada línea que separa la firmeza de la necedad. Una cosa es ser terco y otra, bastante distinta, ser imbécil.
Me he mordido un poco la lengua única y exclusivamente para que se termine esta tempestad. Me la he mordido, pero no me la he cortado.
Fuente Diario Perú21, Perú.