
Investigadores que creían haber visto lo peor de la violencia en el país están aterrados ahora con los nuevos descuartizadores: son muchachos de ciudad que no habían estado en la guerra. Sus diálogos son espeluznantes.
Treinta de enero de 2010. Un grupo de sicarios habla por teléfono de su más reciente "vuelta": el asesinato de una persona en Montería. En una llamada interceptada por el Cuerpo Técnico de Investigaciones de la Fiscalía, alias 'Toto' y 'el Flaco' le cuentan a alias 'Jimmy', como si fuera un juego, el escabroso crimen que acaban de cometer:
Toto: Estábamos jugando... a pico y pala...
Jimmy: ¿Hicieron algo?
Toto: De eso que usted hace y le gusta mucho... apenas nos estamos cambiando.
Jimmy: ¿Y quiénes boliaron ahí?
Toto: Usted viera al Flaquito...
Jimmy: ¿Y 'Caliche' qué? ¿Buen boliador?
Toto: Esa gonorrea fue el que empezó...
Jimmy: Páseme a la Flaca.
Flaco: Hola, perra.
Jimmy: Hola, descuartizadora (Jimmy y el Flaco se ríen). Hola, carnicera. Me guarda un pedacito de ñervo.
Flaco: ¿Frito o sudao?
Los que hablan pertenecen a la banda Los Urabeños, uno de los nuevos carteles que se están peleando el poder del narcotráfico en el país y que tiene una guerra casada con Los Paisas. Las dos bandas son derivaciones de los imperios criminales de dos ex jefes paramilitares hoy detenidos: los primeros de 'Don Mario', Daniel Rendón Herrera, y los segundos de 'Don Berna', Diego Murillo Bejarano.
Los investigadores que hacen seguimientos a Los Urabeños quedaron impactados con la sevicia del diálogo. "Es como si se sintieran sublimados con lo que hacían", dice uno de los detectives que creía haber visto lo peor de la barbarie con la violencia paramilitar de los años 90 y principios de este siglo.
Pocos días después, una nueva conversación interceptada al mismo grupo terminó de aterrarlos. Fue hace apenas cuatro meses. Mientras espera que del otro lado de la línea le contesten, alias 'el Soldado' comenta: "Pegué el dedo de una: tres en serie en una noche". Según los investigadores, había cometido un crimen múltiple. Luego habla con alias 'Chumilo'. Primero le pregunta si se quedaron con el dinero y el celular de uno de los muertos, y después le inquiere por otra de las víctimas:
Los investigadores luego identificaron a las tres víctimas de esta masacre: un oficial retirado del Ejército, su madre y su novia. Estos se sumaron al caso de un mototaxista, que al parecer es el mencionado en la primera grabación, y al de un taxista cuyo cuerpo fue encontrado después. Todos los crímenes sucedieron en Montería, las autoridades los atribuyen al mismo grupo y no descartan que sean más las personas asesinadas y descuartizadas.
Gracias a sofisticadas técnicas forenses y al uso de perros adiestrados, los cuerpos del ex oficial y su familia y el del mototaxista fueron encontrados en la finca Villa Elena, a menos de diez minutos de Montería por la vía principal que conduce a Arboletes. El otro fue enterrado en otra hacienda. Todos los cuerpos se hallaron a poca profundidad. Sobre el tronco de la víctima ponían su cabeza y sus extremidades, luego la ropa y encima la siguiente víctima en las misma condiciones. El móvil de los crímenes aún no es claro.
Una nueva conversación permitió al CTI avanzar en la captura de los asesinos. Uno de ellos, alias 'Caliche', en un aterrador acto de arrepentimiento llamó a su madre. En un aparte le dice:
En esta conversación, según los investigadores, se refieren al asesinato de un piloto acribillado en el norte de Bogotá. Esa misma banda estaría vinculada además con la muerte de un comerciante, ultimado en esa zona de la ciudad. Los investigadores le siguieron el hilo a esta pista y encontraron que se había dado la orden de asesinar al menos a diez personas más en la capital y a otras cinco en Córdoba. Pero esos planes se desbarataron cuando el CTI capturó a 21 personas relacionadas con los macabros hechos. Uno de ellos ya reconoció un homicidio.
La sorpresa de los investigadores fue mayúscula cuando se dieron cuenta de que los descuartizadores son personas menores de 25 años y que no han sido paramilitares, lo cual hubiera ayudado a explicar el origen de su comportamiento sangriento. Además, son jóvenes de ciudad, principalmente de comunas de Medellín, que no han tenido contacto con implementos de campo como los usados en los desmembramientos, lo que normalmente "no los hacía competentes" para esto, según los investigadores.
Lo sucedido con este grupo, más que ser otro episodio de una violencia que se resiste a terminar, genera mucha preocupación entre las autoridades que ya se consideraban curtidas en estas lides. "La violencia es como un deporte para ellos, es algo que les genera satisfacción. No tienen ni Dios ni ley", dice uno de los investigadores, que al analizar la sicología de los victimarios se pregunta si lo sucedido no es una macabra radiografía de una nueva clase de violencia que podría estar enfrentando el país, en un momento en que ni siquiera ha hecho catarsis de la barbarie de la guerrilla y de los paramilitares.
Fuente Revista Semana.





































